OPINIÓN | Franklin Brito anunció la tormenta que vendría, por Diana Gámez

“Era un hombre trabajador, un profesional universitario que aspiraba que le respetasen sus derechos a sembrar y a cosechar, en un fundo que le pertenecía. No quería nada más”, recuerda Diana Gámez del agricultor a quien le expropiaron 50 hectáreas en 2004.

Diana Gámez*

Una segunda lectura de una pequeña nota con fondo gris, publicada en un hebdomadario nacional me zarandeó y me obligó a pensar hasta dónde ha llegado la censura, incluso para quienes estamos obligados a estar informados, para realizar la tarea de pergeñar nuestra semanal bagatela, tal como Ibsen Martínez denomina sus artículos de opinión.

A lo que vamos: el domingo 13 de noviembre, en La Razón, Santiago Alcalá tituló una breve nota de 1×13 así: Los Juristas del horror bolivariano III. Daba cuenta de la actuación del juez Lenín José Duarte, quien privó de su libertad a Franklin Brito por intento de suicidio. Esto no lo sabía. Por cierto, “en esta ribera del Arauca vibrador” no es delito quitarse la vida.

Con esta columna quiero evitarme el olvido. Ese lugar simbólico donde caen hechos importantes de seres irrepetibles que pasamos por el filo de la desmemoria, junto a otros rigurosamente prescindibles que el poder quiere herrar en esa parte del cerebro que jamás sufre de amnesia. En el olvido -que es como el basurero de la vida que ni los indigentes hurgan- también se acumulan dolores, amores y sinsabores que queremos que no se repitan nunca.

La amnesia no es una opción cuando se trata de alguien como Franklin Brito, ese venezolano que sufrió en su carne y en su alma toda la maldad, la impiedad, el daño, el tormento que se puede desplegar desde una macolla, que orquesta la crueldad y la injusticia como algo natural.

Tal como avanza la tragedia en Venezuela, Brito, anunció la tormenta que vendría, representada por un hombre que empezó su lucha con una corpulencia de casi dos metros de estatura y concluyó como un Cristo, en la cruz de la revolución socialista y humanista, donde hace cola el famélico pueblo venezolano.

Para que la gesta de Brito no se hunda en el pozo sin fondo de la desmemoria, recordemos que reclamaba sus tierras en el estado Bolívar. En 2004 inició una cruzada judicial para pedir un revocatorio del decreto de expropiación de un terreno de su propiedad. Realizó cinco huelgas de hambre en igual número de años, pero sus exigencias fueron ignoradas y desechadas por esta dictadura, tan humanista. En diciembre de 2009, efectivos de la policía se llevaron al agricultor de las afueras de la OEA hasta el Hospital Militar de San Martín, por orden del juez Duarte que después fue ascendido, como premio por tan loable actuación en la causa encomendada.

Lenín Duarte entregó a la jauría militar el cuerpo exhausto de un Franklin Brito que jamás claudicó. Su lucha por sus 50 hectáreas -confiscadas por el socialismo en el que él creyó no sé si hasta el final- son hoy unas tierras desoladas, en las que solo crece la maleza en tiempos de lluvia y durante el largo verano abundan los rastrojos, la sequedad y el polvo. Lo que nos hace preguntarnos: ¿para qué se las confiscaron, cuál fue el interés real de esta acción judicial?

El 30 de agosto de 2010 el desnutrido cuerpo de Brito ya era sólo hueso y piel, entonces su corazón agotado dejó de latir. Dicen que fue un paro cardíaco, pero otros afirman que un shock séptico y un paro respiratorio fueron las causas de la muerte del agricultor, que quería que el socialismo “revocara el decreto de expropiación de un terreno de su propiedad”. Era un hombre trabajador, un profesional universitario que aspiraba que le respetasen sus derechos a sembrar y a cosechar, en un fundo que le pertenecía. No quería nada más.

Puedo resumir en palabras y en este breve espacio algo de la vida de Franklin Brito que nació en 1960, pero por más que me lo proponga no puedo sintetizar su templanza, arrojo y valentía para defender sus derechos, frente al abuso y arbitrariedad de una tiranía desalmada y corrupta. Como epílogo, quiero decirles que el juez del horror, Lenín Duarte, fue echado del impoluto sistema judicial venezolano, y está pidiendo asilo en Estados Unidos por razones humanitarias. ¡Cosas veredes, Sancho!

Agridulces

Insania es locura. Insano es algo perjudicial para la salud, tal cual esta tiranía para los venezolanos que en 18 años ha destruido todo, incluso la estabilidad mental de un pueblo, que ha sido privado hasta de lo más elemental como la comida y las medicinas. ¡Y se hacen los locos!

*Esta columna fue publicada originalmente el 25 de noviembre de 2016 en el diario Correo del Caroní

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