OPINIÓN | El caso del girasol (Helianthus annuus), por Pedro Raúl Solórzano

El girasol es un cultivo muy interesante debido a que su semilla acumula un alto porcentaje de aceite comestible de excelente calidad, y el subproducto, después de la extracción del aceite, es una torta de gran utilidad en la elaboración de alimentos balanceados para animales.

Pedro Raúl Solórzano

Siendo una semilla oleaginosa, su producción en el país vendría a contribuir en la disminución de la dependencia que tenemos de mercados externos, desde donde importamos grandes volúmenes de aceites y grasas comestibles visibles cada año.

En el país su producción ha sido cíclica durante los últimos 25 años, estando en la actualidad prácticamente en cero, especialmente este año cuando no se dispuso a tiempo de suficiente semilla certificada para enfrentar los programas planteados, en particular, en la región de los Llanos Occidentales, cuyos productores se quedaron con la tierra preparada.

Se ha promocionado por ser un cultivo de buenas perspectivas en regiones de errática precipitación, tales como algunos sectores de los Llanos Centrales, y en las sabanas orientales con suelos de baja capacidad de retención de humedad. Igualmente, se ha promocionado como segundo cultivo (salidas de aguas) en los Llanos Occidentales, todo lo cual se debe a que es una planta con un sistema radical profundo, capaz de aprovechar agua y nutrientes que escaparían a otras plantas cultivadas que tienen raíces más superficiales.

El girasol se ha estado evaluando en diversas regiones desde principios de los años setenta por parte de dos especialistas del Fonaiap, Voinea y Mazzani.

Las evaluaciones comenzaron por el estado Guárico con unas variedades de origen rumano al igual que Voinea, que sembraron de amarillo las agrestes tierras en la ruta Chaguaramas-Las Mercedes del Llano. Aquello era una novedad en una región donde solo se conocía el blanco del algodonero que sembraban algunos productores con el concurso y apoyo de las empresas textileras, y para ese entonces, el alegre tono rojizo de las panículas de sorgo granífero que comenzaba a despuntar como un cultivo ideal para esa región ganadera del país.
Posteriormente se introdujeron materiales de USA y cuando las evaluaciones se extienden a los Llanos Occidentales también se trabaja con cultivares de origen argentino y de otros lugares. Luego de varios años, en la medida que se fueron obteniendo resultados favorables, el girasol se convirtió en una opción cierta y se comenzaron siembras comerciales que en un momento superaron las 100.000 ha anuales.

Especialmente el estado Portuguesa se convirtió en el principal productor de este grano oleaginoso, en parte porque las condiciones de sus ciclos Norte-Verano son muy favorables por existir humedad edáfica suficiente cuando la planta de girasol la requiere en sus etapas de rápido crecimiento, un ambiente poco propicio para enfermedades foliares y la presencia de una etapa seca para el momento de la maduración del grano y la recolección, lo cual es muy conveniente. Quizás esta región del país sea la mejor para este cultivo, aunque no hay que descuidar otras donde se pueda cultivar girasol con bastante éxito.

En esos ciclos denominados Norte-Verano, el girasol se siembra como segundo cultivo o cultivo complementario. Esto significa que después del cultivo principal que ocupa el primer pico de las lluvias, el cual puede ser maíz o arroz, se viene la siembra de girasol. En estas condiciones, este segundo cultivo puede aprovechar el efecto residual de los fertilizantes fosfáticos y potásicos aplicados al cultivo principal, disminuyendo los costos de producción por concepto de fertilizantes.

Esta actividad permite utilizar los suelos durante todo el año, lo cual debe ser compensado con algunas prácticas especiales para evitar el deterioro de este especial recurso natural.

Basados sobre todo ese conocimiento que se tiene del cultivo, y la necesidad de producir fuentes de aceites comestibles en el país, es perentorio, apremiante, promover la siembra comercial de girasol en aquellos sistemas suelo-clima donde se tienen experiencias favorables, pero al mismo tiempo mantener una evaluación permanente de los cultivares que pudieran tener buen comportamiento en esos sistemas y de todas aquellas prácticas agronómicas que puedan mejorar la productividad del cultivo.

Paralelamente, organizar un flujo suficiente y oportuno de los insumos requeridos para que las siembras puedan llegar a un final satisfactorio, con buenos rendimientos y productos de elevada calidad.

@PRSolorzanoP
Investigador, Profesor Universitario y Consultor Agrícola.

 

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