Conoce la fruta más peligrosa y mortal de la India

Hace tres años, Rajesh Yadav, investigador del Servicio de Inteligencia Epidemiológica de la India, se fue a vivir a la ciudad de Muzaffarpur, el lugar de uno de los brotes más misteriosos del país.

Redacción Vida Agro

Cada año a mediados de mayo, a medida que las temperaturas llegaban a niveles abrasadores, llegaban al hospital niños que habían enfermado de la noche a la mañana. Los niños se despertaban al alba con un llanto agudo, según comentaron muchos padres, de acuerdo con un artículo publicado en el New York Times

Posteriormente, los menores comenzaban a sufrir convulsiones y entraban en coma. En casi el 40 por ciento de las ocasiones, morían.

Y cada año, con la llegada de la temporada de lluvias por el monzón en julio, el brote se iba tan repentinamente como había llegado.

A principios de 1995, diversas investigaciones atribuyeron el fenómeno a un golpe de calor; infecciones transmitidas por ratas, murciélagos o tábanos, o a los pesticidas utilizados en los huertos de lichi, extendidos en la región. No obstante, los investigadores no tenían muchas pistas.

En lugar de diseminarse entre un grupo, la enfermedad comúnmente azotaba a un niño en un poblado y a veces incluso los hermanos no se veían afectados.

Una investigación conjunta del Centro Nacional de Control de Enfermedades indio y la oficina para India de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC por su sigla en inglés) en Atlanta, recién publicada en la revista médica británica The Lancet Global Health, ha identificado al sorprendente culpable: el lichi, cuando los niños desnutridos lo consumen en ayunas.

En 2015, como resultado de la investigación, los funcionarios de salud comenzaron a exhortar a los padres en el área para que se aseguraran de dar a sus hijos pequeños algo de comer por la noche y limitar su consumo de lichis.

En dos años, el número de casos reportados al año disminuyó de cientos a menos de 50.

“Durante muchos años fue una enfermedad inexplicable”, comentó Padmini Srikantiah, epidemióloga sénior de los CDC y autora principal del ensayo. “Es un ejemplo emblemático de por qué cooperamos, para construir este tipo de enfoque sistemático”.

El artículo de la revista Lancet narra una historia médica de detectives que tuvo una duración de dos años, a medida que epidemiólogos como Yadav analizaban de cerca las vidas de cientos de niños enfermos, tratando de entender todo lo que habían comido, bebido y respirado.

“Era una situación muy seria, porque veíamos morir a los niños frente a nosotros todos los días, tan pronto como llegaban al hospital”, recordó Yadav, quien ahora trabaja para los CDC. Las entrevistas detalladas que se hacían a los padres resultaban particularmente difíciles, dado que muchos de ellos habían llevado en brazos hasta el hospital a sus hijos en estado de coma o mientras convulsionaban. “Estaban en estado de pánico”, dijo. “Sus hijos se morían y no sabíamos por qué”.

La primera pista: no había evidencia de que los niños tuvieran alguna infección

Durante 20 años, los médicos no pudieron identificar si la enfermedad, que ocasionaba una severa inflamación del cerebro conocida como encefalopatía, era ocasionada por una infección, que es la hipótesis inmediata de muchas epidemias en la región.

Los investigadores escudriñaban los registros anuales del brote y se sorprendían ante el hecho de que muchos de los menores enfermos no presentaban fiebre. El análisis de las muestras de líquido cefalorraquídeo mostró, sorprendentemente, que los niños afectados no tenían conteos elevados de glóbulos blancos, que indican que el cuerpo está luchando contra una infección.

La segunda pista: la mayoría de las víctimas tenían niveles de glucosa muy bajos

Al haber recabado muestras biológicas de más de 300 niños, los investigadores pudieron hallar una vasta cantidad de marcadores, incluyendo algunos insospechados.

Los niveles de glucosa nunca habían sido una preocupación específica para los investigadores. Sin embargo, algunos de los niños afectados tenían niveles en extremo bajos, y aquellos con niveles bajos de glucosa tenían el doble de probabilidades de morir, explicó Srikantiah.

“Parecía que teníamos un pequeño indicador”, continuó. “Una de las cosas que habíamos escuchado mencionar en repetidas ocasiones de las madres de los niños es que estos no habían consumido alimentos en forma a la hora de la cena”.

La tercera pista: los brotes se habían asociado con la fruta de las frutas del árbol Blighia sapida

Fue durante el otoño de 2013, en una teleconferencia con colegas en Atlanta, que alguien mencionó la “enfermedad del vómito de Jamaica”, un brote en las Antillas que durante muchas décadas causó inflamación cerebral, convulsiones y alteraciones en el estado mental de los niños.

El brote resultó estar vinculado con la hipoglicina, una toxina que se encuentra en la manzana del árbol Blighia sapida, o akee, y que inhibe la capacidad del organismo de sintetizar la glucosa, provocando hipoglucemia aguda, es decir, niveles bajos de glucosa. “Venía sucediendo desde hace una década, si no es que un siglo, antes de que la gente descubriera realmente qué era”, dijo Srikantiah. “Ahora, las abuelas y las madres enseñan a los niños: ‘No coman la manzana akee si no está madura’”.

Se trató de una respuesta que estaba a plena vista, pero que nadie había identificado.

El área de Muzaffarpur, en el este de la India, produce cerca del 70 por ciento de la cosecha de lichi de la India, y alrededor de las poblaciones afectadas “no se puede caminar 100 metros sin toparse con un huerto de lichi”, comentó Srikantiah.

Si bien los huertos por lo general tenían cuidadores, los niños se comían los lichis aún verdes o aquellos que habían caído al suelo. Como todos en la región los consumen, era difícil para muchos creer que, en casos aislados, desataría una enfermedad catastrófica.

La cuarta pista: los niños afectados tenían enormes desequilibrios metabólicos

Para principios de 2015, el laboratorio de los CDC había desarrollado una prueba que mide la hipoglicina en la orina. Descubrieron anomalías extraordinarias en los niños afectados. “La gente del laboratorio genético dijo: ‘No habíamos visto nada similar’”, manifestó Srikantiah. “Claramente, aquello era anormal”.

Una vez establecido esto, los investigadores preguntaron a los participantes si se sentirían cómodos emitiendo recomendaciones derivadas de sus descubrimientos: que se invitaba a los niños en las regiones afectadas a comer algo por la noche, así como a limitar su ingesta de lichis.

Todos estuvieron de acuerdo. Y así se hizo.

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